



También pensaba que todo lo que decía y pensaba era lo correcto y, puesto que creía tener siempre la razón, no escuchaba a nadie que deseara llevarle la contraria y, si osaban hacerlo, les mostraba su lado más gélido para responder con la mayor de las indiferencias y el más intenso desagrado.
Pero eso no importaba. Seguía pensando que se encontraba por encima del bien y del mal y, desde su supuesta atalaya, su vida seguía centrada en ganar e invertir dinero y en pasar momentos de relax con sus acompañantes eventuales, mientras seguía desinteresándose por completo de sus hijos, puesto que ese tipo de contactos familiares le suponía una carga emocional y un tiempo que no estaba dispuesto a perder. Su desprecio hacia todo lo relacionado con la familia era tal que ni incluso sus dos únicos nietos le interesaban más allá de unos pocos minutos cada varios años y, eso sí, sin mostrar efusividad alguna en dichos breves encuentros.
Esta historia tiene varias moralejas. La primera es que, tarde o temprano, la Naturaleza nos enseña que somos frágiles y vulnerables. El cuerpo humano a veces nos manda avisos y, otras, nos muestra de repente la dureza de su imprevisibilidad. Y no se trata de vivir a tope hasta que el destino decida mostrarnos la realidad, sino que deberíamos pensar más allá de uno mismo y del presente porque, después de todo, lo realmente preocupante es el futuro, lo desconocido y las vicisitudes que nos quedan por pasar. 
El caso es que ayer, cuando estaba en el autobús camino de la Facultad y en medio de un monumental atasco en la A6, empecé a sufrir un dolor repentino e intensísimo en un costado, llegando de inmediato a los límites del aguante. Me puse de pie para ver si se me pasaba, pero las punzadas no disminuían. Pensaba que iba a perder el conocimiento de un momento a otro debido a la intensidad extrema de lo que me ocurría. Como no podía bajarme en mitad de la autopista sólo pensaba en llegar a Moncloa cuanto antes. Por fin salgo de esa lata de sardinas que se había convertido en una auténtica pesadilla y llamo a mi mujer para decirle de forma entrecortada – el dolor me impedía hablar – lo que me estaba pasando y que me dirigía a Urgencias del Clínico de inmediato.
Voy a la parada de taxis tambaleándome de dolor y le pido al taxista que me lleve rápidamente al Hospital. El chico me pone mala cara (era una carrera relativamente corta y eso no le hizo gracia) y, ajeno a mis alaridos en la parte de atrás, se dedica a dar frenazos, a pararse cada dos por tres y decide respetar escrupulosamente todas las señales. Yo le pido por favor que se salte los semáforos, que estoy a punto de desvanecerme y el chaval me dice que no quiere que le multen.
Llegamos al Hospital y, cuando me dispongo a pagarle y a un paso de perder la conciencia, me doy cuenta de que sólo tengo dos euros y cincuenta céntimos en el monedero, cuando el paseo/tortura que había disfrutado ascendía a cuatro euros. Le pido que me escriba en un papel su móvil y su nombre, para ponerme en contacto con él para abonarle el resto y – además – recompensarle por el favor realizado, pero esta propuesta desesperada parece no gustarle nada por lo que, después de bloquearme la salida del taxi, se pone a proferir exabruptos dentro del vehículo, mientras yo no aguanto más y estoy a punto de vomitar del dolor insufrible. No puedo ni creerme la escena que estoy presenciando. Ese pedazo de cafre se niega a darme información alguna sobre su persona (¿tendría algo que esconder?) y me chilla porque lleva a una persona a Urgencias rota de dolor y a la que le falta un euro y medio en una situación extrema. Al final, acepta de mala manera los dos euros y medio y me abre la puerta sin dejar de soltar burradas. Alucinante.
Esta es la sociedad que tenemos y que no nos merecemos. Imagino que sólo hace falta que alguien tome cartas en el asunto y dé un vuelco a muchas de las injusticias que nos rodean y que debemos denunciar. Es intolerable que los ciudadanos y contribuyentes tengamos que sufrir este tipo de servicios. Y que conste que entre los que padecen este descontrol incluyo a muchos trabajadores sanitarios, quienes se encuentran desbordados y sumidos en un mar de recortes presupuestarios y de limitaciones de todo tipo mientras otros gestores se dedican a despilfarrar esos euros que deberían ser mejor invertidos en los pilares básicos de una sociedad avanzada: la educación, la sanidad, la investigación.
Qué vergüenza me da todo lo que padecí y vi ayer y cuánto me hace perder la fe en una sociedad española cada vez más insolidaria, más deshumanizada y más individualista. Y, sobre todo, qué pena me da ver hasta qué punto de bajeza moral hemos llegado.
En la segunda tanda, me comentaron cosas rarísimas y tengo que controlar desde el azúcar a la sal, la coagulación, el tiroide, la tensión y alguna que otra cosa más. En definitiva, que mi cuerpo sigue funcionando de una forma extraña y no me deja en paz.
Una de cal y otra de arena. Con todo ello, no es que saliera tirando serpentinas de la consulta; simplemente me sentí como una ficha del juego de La Oca. Y tiro porque me toca hasta la siguiente tanda de pruebas. Y es que el cáncer es justamente eso, una partida en la que el azar tira los dados y nosotros vamos dando tumbos por el tablero de la vida. A veces caes en la oca y te mandan a la siguiente (con la ventana de tres meses, seis meses y, los más afortunados, un año), a veces te quedas estancado en una especie de laberinto, en donde te pierdes y no sabes cómo salir y deseas seguir tirando los dados para poder escaparte de ese horror y, en otras ocasiones, puedes ir incluso hacia atrás, cuando se presenta alguna sorpresa inesperada y no siempre agradable. Pero todos deseamos seguir avanzando, hasta llegar a la meta, que son los ansiados cinco años libres de cáncer y, sobre todo, nunca queremos caer en la maldita calavera.
Y por aquí estamos, moviendo nuestra fichita de un lado a otro, intentando esquivar los peligros - sin que podamos hacer nada para evitarlos, porque no está en nuestra mano lanzar esos dados que determinan dónde vamos a ir a parar la próxima jugada.
Por lo pronto, tenemos la Navidad encima, y hay que disfrutarla porque, a la vuelta de la esquina, tenemos el 2011, un año que, de nuevo, no puedo verlo con todo el optimismo que me gustaría porque no sé dónde me va a llevar en este juego de mesa tan particular en el que estamos metidos.
Por lo pronto, los planes que teníamos en mente se posponen. No es el momento de cambiar de país y nos quedamos a la espera de tiempos mejores. Meternos en semejante jaleo sería como jugar simultáneamente a otra cosa, y no estamos por la labor de mantener partidas de La Oca y de Monopoly al mismo tiempo. Como para volvernos aún más del juicio.
A veces la realidad te da esas bofetadas y te enseña de la forma más cruda que los sueños pueden parecer maravillosos, pero alcanzarlos representa un esfuerzo imposible de realizar, al menos hasta que la mano que tiene los dados logre colocarnos en la casilla apropiada.
Seguimos jugando.


¡Pero éste es sólo uno de los proyectos que tenemos entre manos! Una bonita locura que nos hace ver el futuro con otros ojos y con una ilusión que hace meses tenía casi perdida. Os recomiendo con pasión hacer planes, por muy rocambolescos que sean. Al fin y al cabo, soñar no cuesta nada y, a veces, los sueños hasta se hacen realidad.
Con el tiempo, he aprendido una lección muy importante, y no es otra que convivir con mi enfermedad. Siempre está encima de todo lo que hago y, justo por eso, también debería aparecer en nuestras actividades lúdicas como pueden ser canciones, tebeos o series de televisión, y no como un simple recordatorio personal de nuestras vivencias directas, sino también para mostrar al mundo de los sanos la necesidad de aceptar a las personas menos afortunadas que pululan a su alrededor y que, a menudo, olvidan que son seres reales.
Reconozco que tantos años de tortura física y emotiva me han dejado una lacra de la que no puedo desprenderme y, cuando llegan los calores, mi mente se traslada a esos tiempos de horror que tanto daño forjaron en mi alma y que aún dejan su huella en mi subconsciente en forma de horribles pesadillas y – es posible – también de una serie de desórdenes de tipo auto inmune. Hace tiempo, un profesional de la medicina me comentó que hay estudios que indican una vinculación entre cierto tipo de enfermedades y nuestra capacidad para querernos a nosotros mismos o, lo que es lo mismo, que existe una correlación entre la aparición de nuestros males y las situaciones de estrés emocional que nos hayan podido afectar a lo largo de nuestra vida. Si estudiaran mi caso, pensarían que han acertado de pleno con dicha hipótesis.
Por eso, desde hace unos años, decidimos (literalmente) tirar la toalla y pasar algunas semanas de verano en nuestra querida Inglaterra, en pequeños pueblos de la campiña verde británica con sus casas de té, sus largos paseos por preciosas rutas, sus ríos con patos y con todos esos elementos que nos devuelven a un entorno alejado de la rutina madrileña que tanto nos axfisia últimamente.
Otro día, comencé a ver las cosas a corta distancia algo distorsionadas y, de nuevo, tuve que acudir a mi querido servicio de Urgencias del Puerta de Hierro en donde, después de varias horas de espera, me citaron para hacerme una especie de escáner ocular en donde observaron una lesión en la mácula del ojo derecho – la responsable de la llamada “visión fina” . Como aún tengo una vista muy buena, lo dejan así hasta que la cosa empeore con el tiempo (¡!) para, entonces, ser tratado con láser con el fin de intentar eliminar esa especie de membrana que mi maltrecho organismo ha generado – de nuevo – por razones desconocidas. Estoy llegando a convencerme de la teoría que antes comenté y, al final, va a ser cierto que hay una serie de factores medioambientales detrás de todo lo que me está ocurriendo, porque no es posible la mala racha que llevo últimamente.